La creación azteca



Se reunieron enseguida los dioses, preocupados por la suerte de la humanidad. Unos a otros se preguntaban quiénes vivirían ahora en la tierra. Estaban tristes, apesadumbrados. Y decidieron hablar con Serpiente Emplumada. Si se comprometía a hacer lo que habían pensado los dioses, podían crearse nuevamente otros hombres. 

Pero la tarea que querían encomendarle a Quetzalcóatl estaba llena de peligros. Sólo un valiente saldría victorioso; sólo un dios de corazón fuerte no temblaría al emprender el largo camino que conducía al Mundo Subterráneo. 

Porque los dioses querían que Quetzalcóatl fuese al temido Mundo Subterráneo, al Lugar de los Muertos, a recoger los huesos de los hombres que habían perecido en los cuatro Soles destruidos. Con ellos, los dioses harían de nuevo la humanidad. 

Salió el dios a cumplir su misión y comenzó a descender al centro de la tierra, por un camino lleno de rocas y rodeado de ríos que corrían entre barrancos muy estrechos. Bajando cada vez más y más, Serpiente Emplumada hizo el recorrido y enfrentó todos los peligros del viaje. 

Atravesó desiertos y montañas. Venció a los monstruos que guardaban el camino; la gran Culebra y la Lagartija Maligna. Soportó el viento frío que cortaba como navajas. Atravesó a lomo de un perro el oscuro río que lo separaba del Mundo Subterráneo. Al fin, al cabo de cuatro años, llegó al Mictlán, el reino del mundo del misterio. El lugar oscuro, sin luz ni ventanas, de donde no se sale ni se puede volver.

Allí lo esperaba la prueba final: el enfrentamiento con el temido Señor del Mictlán. 

Sentado sobre su trono de huesos lo encontró Quetzalcóatl y así le dijo: 

—Vengo a buscar los huesos preciosos que tú guardas. Vengo a llevármelos.
Y le preguntó el dios del Mictlán:
—¿Qué harás con ellos, Quetzalcóatl?
Le respondió Serpiente Emplumada:
—Los dioses se preocupan porque alguien viva en la tierra. 

El dios del Mictlán, falso y maligno, hizo un gesto con la cabeza, como si estuviera de acuerdo con la petición. Pero preparaba una trampa y así le contestó: 

—Está bien. Te los llevarás si haces sonar mi caracol y le das vuelta cuatro veces a mi trono.

Quetzalcóatl aceptó, pero cuando fue a soplar el caracol, vio con sorpresa que no tenía agujero y comprendió el engaño. Pero por algo era Quetzalcóatl el más sabio de los dioses. 

Rápidamente, llamó en su ayuda a los gusanillos de la tierra, y éstos le hicieron los agujeros; también vinieron las abejas y los abejones, que entraron en el caracol y lo hicieron sonar. 

Cuando el dios de los muertos oyó el sonido del caracol, se estremeció de rabia. Disimulando su furia, dijo a Serpiente Emplumada que recogiera los huesos y se los llevara. 

Tan pronto como el dios viró las espaldas, el Señor del Mictlán comenzó a gritar a los otros dioses de la oscura región: 

—¡Gentes del Mictlán! ¡No dejen que se los lleve! ¡Díganle a Quetzalcóatl que los tiene que dejar!

Pero Serpiente Emplumada no se dejó intimidar por las amenazas del otro dios y se dijo: 

—Pues no; de una vez me apodero de ellos y me los llevo— y decidido a engañar a los guardianes, gritó: —Está bien. ¡Voy a dejarlos!

En lugar de dejarlos, subió inmediatamente y recogió los huesos preciosos. De un lado estaban los huesos de hombre y de otro lado los de mujer. Los recogió y los envolvió en una manta. En ese preciso momento, gritó el dios del Mictlán:

—¿Pero de verdad se lleva los huesos preciosos? ¡Rápido; hagan un hoyo para que cuando salga se caiga en él y no pueda llevárselos!

Los guardianes lo hicieron, y cuando Serpiente Emplumada salía rápidamente, tropezó y cayó en el hoyo. Se regaron los huesos por el suelo y el dios cayó muerto.

Sin embargo, dice la leyenda que resucitó al poco tiempo. Y cuál no sería su tristeza al ver que había fracasado en su misión. Muchos huesos se habían perdido; otros habían sido picoteados por las codornices.

Luego, pensando todo lo que había pasado y cómo esperaban por él para poder crear a la humanidad, se dijo así: —"Aunque esto me ha salido mal, de todos modos puede dar algún resultado." Y diciendo esto, recogió de nuevo los huesos y emprendió el camino de regreso, para llevarlos al lugar donde se reunían los dioses.

Tan pronto llegó, una de las diosas más viejas molió los huesos y guardó el polvo en una olla muy hermosa. Serpiente Emplumada los regó con su sangre y todos los demás hicieron ofrendas.

De aquel polvo de huesos que el dios regó con su propia sangre para darles vida, nacieron los nuevos hombres. Del sacrificio de un dios, Quetzalcóatl, la Serpiente Emplumada, surgía la nueva humanidad que poblaría la tierra.


Preparado por Serval

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